Si tenéis unos minutos, no dejéis de leer este post, escrito originalmente a raíz de la experiencia de Rubén Cedeño en la práctica de meditación Vipassana en España en el año 2008:
Desde que en mayo del año pasado, Rubén hizo el curso de Vipassana en Barcelona; me atrajo mucho la idea de realizar esa misma actividad, pero como no sabia mucho del tema, estaba deseando encontrarme con el propio Rubén para oír de su boca los detalles del mismo.
Y fue en Córdoba, ese mismo año, que en una conferencia pública Rubén contó esa maravillosa experiencia de vida. De inmediato me compre el libro recién editado “Vipassana”, y me puse a leerlo en la habitación del hotel donde estaba hospedado.
Allí tome la decisión de hacer ese curso lo mas pronto posible y de inmediato me puse a buscar en Internet, donde podría realizarlo. Encontré que se realizaría un curso de 12 días en la ciudad de Colonia, Uruguay, en el mes de noviembre. De inmediato entre en contacto con los organizadores y realicé mi inscripción.
Faltando 15 días para le realización del mismo, nos anunciaron que se suspendía por falta de interesados; pero que podíamos tomarlo en Buenos Aires si lo deseábamos. Era tan grande mi necesidad de estar apartado y de hacer una limpieza interior, que no dude ni un instante. Hice los preparativos y en cuestión de días, ya tenía coordinado mi viaje y había dejado a la gente encargada para que siguiera con las actividades de la Escuela de Metafísica Kashmir.
Luego de un azaroso viaje hacia la localidad de Pontevedra, en el oeste del gran Buenos Aires; fui recibido en la casa de “Retiro Santa María” ,con amabilidad y cortesía por los organizadores y de inmediato llene los formularios y requisitos para realizar el curso. Me agrado la firmeza y soltura con que las personas te explicaban las exigentes normas de conducta y disciplina dentro del curso; y del carácter fuerte del profesor a cargo del mismo, un austríaco de nombre Daniel Mayer, quien era alumno del propio S.N. Goenka, quien estaba llevando esta técnica a nivel mundial.
Cuando me dirigía a las habitaciones, no pude resistir la tentación de acercarme a una maravillosa y blanca estatua de San Francisco de Assis (encarnación reconocida del Maestro Koot Hoomi) que estaba en el medio del patio central, con un gesto de dar la bendición a todo visitante. Me le pare enfrente y le dije mentalmente: “Yo se que acá no se puede mezclar esta técnica con nada. Y me va a tener que perdonar Goenka, pero no te voy a sacar de mi corazón; y te pido que seas mi compañía en estos difíciles días por venir y veles porque lo aproveche de la mejor manera. No te voy a hacer ningún rezo ni decreto, solo quiero que estés cerca por si acaso”.
Una vez instalados, y luego de una charla introductoria, dimos comienzo al curso respetando algunos preceptos, entre los que destaco el “Noble silencio” ; y los horarios estrictos de 10 horas diarias de meditación, en sala o a veces en las habitaciones.
Los primeros dos días, todo iba muy bien y con total entusiasmo de descubrir los propios rollos internos; pero ese movimiento iba a traer una diarrea tremendamente fuerte con cólicos y náuseas por tres días; seguida de una gran congestión con fiebre dos días mas. En resumen, al cuarto día estaba viendo cual muro saltar y hacia que lado correr. A eso se le sumaba lo estricto del profesor; hay que tener en cuenta que dos personas se fueron porque no aguantaron, a dos mas las hecho el propio profesor por hablar entre ellos; y un alumno antiguo, encargado de los varones, salio corriendo porque no aguanto la presión que le ponía el austríaco.
Todo esto me hizo darme cuenta que la metafísica me había preparado muy bien para resistir todo eso, ya que tenia muchas cosas muy similares a esta maravillosa actividad.
Sin embargo, disfrutaba el silencio de la boca y ocasionalmente de la mente; sobre todo en los 10 minutos de descanso que teníamos entre meditación y meditación. Pero cuando tenía ganas de hablar, lo hacía mentalmente con mis metafísicos del alma: con Rubén y Miguel nos reíamos de las conductas de los demás compañeros, poniéndole sobrenombres a todos. A San Francisco le vi la carita tan sucia, que una tarde tome un paño y de puse a limpiarlo mientras le decía mentalmente : “¡¡Qué bello eres!! Y por qué te dejaron la carita sucia? Acaso no te quieren?”
Por juzgar la cara que ponían mis compañeros de curso, empecé a sospechar que me creían loco, y yo mismo empecé a creer que este curso me estaba afectando. Pero igual nunca deje de hacerlo. O a veces me quedaba parado rente a una foto del tamaño de un mural de la maravillosa Assisi, y no podía evitar irme mentalmente a esa bella ciudad.
Así pasaron los días y las noches; y la técnica cada vez fue haciéndose más intensa y profunda, a la vez de exigente; ya que por ejemplo al cuarto día, nos exigían tres veces al día, una hora sin movimiento en absoluto en cada meditación, tener la firme determinación de no moverse para nada. Las sensaciones iban y venían, ya que la técnica incluye que te des cuenta de la impermanencia de las mismas, pero durante las meditaciones el dolor era permanente, ese no se iba. Pase tres días tratando de buscar la postura correcta para que no me doliera, luego de eso entendí que pusieras como te pusieras, te iba a doler igual, así que me relaje y me dispuse a observar el dolor o a veces solo a soportarlo.
Lo que si me pareció maravilloso de todo esto, es lo increíblemente práctico y factual que es poner la atención en la respiración y desde allí a las sensaciones. En mi vida había percibido algo tan sencillo y práctico. No voy a decir que fue una revelación y mucho menos una iluminación. Tampoco que es milagroso y que uno salio cambiado y desenrollado; nada que ver, pero si es un shock impactante que te enciende la mecha, esta en ti después mantenerla encendida y siguiendo investigando.
Al terminar el curso, el último día todos podíamos hablar y compartimos muchas de las vivencias, con gente de varias partes del mundo, entre compañeros y organizadores. Fue muy enriquecedor y motivante. Incluso con algunos ya nos comprometimos de encontrarnos en algún otro curso de Vipassana el año que viene.
El domingo en la mañana me despedí de todos, y en la noche ya estaba en mi casa en Montevideo, con una total pereza y desgano de enfrentarme otra vez a la actividad diaria el lunes. Eso fue lo que mas me costo, el volver a empezar, si bien estaba feliz de ver a los muchachos y contarles algunas cosas del curso; mas de una vez tuve que respirar profundo y renunciar a aquellas tardes en completo silencio, sentado frente a San Francisco y observado su bello rostro.
Solo me queda agradecer a Rubén por habernos introducido y preparado durante tantos años para este Vipassana. A todos los demás metafísicos que también lo hicieron y dieron su visión del asunto. A mis grupos de Uruguay que me sostuvieron. Y a los organizadores de esta técnica por permitir a tantos en el mundo disfrutar de la misma.
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